10 de junio de 2011

Indignarse no es suficiente: hay que ser más inteligente

Es difícil creer que la democracia se esté extendiendo por el planeta, árabes incluidos, sólo porque es moralmente superior a otras formas de gobierno. Por eso resulta tan oportuna la cita de Innerarity –pensador sistémico– del teorema que demuestra su mayor eficacia como mecanismo de decisión frente a los gobiernos de élite o del puro y arcaico ordeno y mando. Hoy, en la sociedad del conocimiento, la democracia es simplemente la manera más eficaz de convertir la inteligencia colectiva en decisiones acertadas. En esta era de redes sociales y movilización permanente, más que de tener un gobierno de los mejores, se trata de gobernar mejor entre todos. Y con indignarse no basta.

¿Qué pasa?
La sociedad está dividida entre los que defienden sus valores sin tener en cuenta la realidad y los que gestionan la realidad sin tener valores.
Por ejemplo.
¿Usted es de derechas o de izquierdas?

Dígamelo usted.
En un atasco, los de derechas dicen: “Aquí falta un guardia”; y los de izquierdas: “¡Menudo atasco está causando el guardia!”.

¿Y la realidad de qué partido es?
Es postheroica: ya no requerimos grandes líderes clarividentes que nos dirijan...

Tampoco es que sobren.
Porque no hacen falta. La sociedad ya no tiene un centro de decisiones que requiera un hombre providencial al mando.

Ya no basta con controlar el telediario.
La pretensión de controlar la sociedad está anticuada, porque hoy es incontrolable, pero sí se puede gobernar, que es otra cosa.

Los progres dicen transformarla.
Es otro modo de decir que te quieren imponer sus propias ideas de progreso.

¿Cómo se gobierna hoy?
Quien gobierna hoy no es quien impone sus ideas a una sociedad que controla, sino quien articula lo que esa sociedad quiere.

Un médium más que un líder.
Los gobernantes deben dinamizar un gobierno cooperativo que sepa convertir la inteligencia colectiva en decisiones.

“Inteligencia colectiva”: ¿es una tautología o un oxímoron?
Hoy es una tautología, porque inteligencia ya es lo mismo que colectiva y lo que sólo sabe uno es como si no lo sabe nadie.

El genio en su montaña ya no sirve.
En la sociedad del conocimiento, la inteligencia es una red sin centro. Y en ella no sobrevive el más sabio, sino quien es capaz de aprender más cosas más deprisa...

O por lo menos lo intenta.
... Y la democracia es el modo más eficaz de gobierno de ese sistema.

¿Por qué?
Porque en ella los mediocres acaban componiendo una sociedad colectivamente más inteligente que cualquiera de sus miembros.

Hoy la democracia se impone a las oligarquías incluso en el mundo árabe.
Porque, como demuestran los teoremas sistémicos: cuando personas muy diversas –y con diversos grados de inteligencia– deliberan colectivamente, toman decisiones más acertadas que las acordadas por un grupo de personas más uniformes, aunque tengan mayor grado individual de inteligencia.

Es el fin de las élites.
Por eso la pretensión de un gobierno de los mejores, la aristocracia, es hoy inútil, porque la sociedad del conocimiento es inteligente en red, no en jerarquía, y por eso, si está bien articulada, la democracia proporciona mejores decisiones que las élites.

Si está bien articulada...
Gobernar es precisamente articularla: evitar fenómenos como el atasco de tráfico, donde la agregación de miles de pequeñas decisiones individuales racionales para llegar más rápido, al final provocan el desastre de que todos lleguemos tarde.

Lo mismo pasa en la crisis económica.
Gobernar es ser más inteligentes que las crisis y evitar que la euforia del auge –millones de decisiones individuales racionales de compra– no acabe en la depresión –millones de decisiones racionales de venta– con la que nos arruinamos todos.

¿Cómo?
Evitar el cortoplacismo, que conduce al atasco y las crisis; no confundir el ajetreo con el avance ni el ruido con la comunicación. Gobernar es cooperar en la estrategia, la planificación con visión de futuro y huir de la improvisación y el tacitismo miope.

No es fácil.
Yo también deploro la crítica fácil del tertuliano al uso. Gobernar es mucho más complejo que mandar y controlar. El fracaso de la política hoy es consecuencia del fracaso del conocimiento: los políticos sufren de rigidez cognitiva: no entienden el cambio.

¿Y a quién pedimos responsabilidades?
El gran reto en una sociedad en red es dirimir responsabilidades y atribuirlas. Hay que repensarlas, porque se diluyen igual que la propiedad privada: ¿se ha fijado cómo avanzan los fenómenos de piratería?

En la red parece que no hay culpables.
Es el peligro de esa dictadura de millones de pequeñas decisiones individuales racionales... Que nos llevan al atasco y el colapso.

También demasiados quisieron especular: con pisos y fondos complejísimos.
El sistema financiero es hoy más inteligente que el político y hasta que los gobernantes no lo entiendan a fondo no lo podrán gobernar y por eso hoy va por delante, gobernándonos a todos: es otro fracaso cognitivo.

¿Nos indignamos?
No es suficiente, es necesario que seamos todos más inteligentes. No se trata de tener líderes brillantísimos –¿cuántas organizaciones repletas de genios funcionan fatal?–, sino de ser sociedades más eficaces que resuelvan de forma efectiva y pacífica sus conflictos y tengan reglas equitativas que distribuyan el trabajo y el bienestar.

¿Cómo llegar a ser más inteligentes?
Más que llegar a saber, se trata de no dejar de aprender: así que huya de cualquier organización en la que sea el más listo. Abandone cualquier aula, claustro, redacción, partido político o relación humana en la que no esté aprendiendo.

Daniel Innerarity, dirige Globernance, Instituto de Gobernanza Democrática

01/06/2011 La Vanguardia


25 de abril de 2011

Manderlay y la Democracia

Mousa Agassarid (Tuareg)

No sé mi edad: nací en el desierto del Sahara, sin papeles. Nací en un campamento nómada Tuareg entre Tombuctú y Gao, al norte de Mali. He sido pastor de los camellos, cabras, corderos y vacas de mi padre. Hoy estudio Gestión en la Universidad Montpellier. Estoy soltero. Defiendo a los pastores Tuareg. Soy musulmán, sin fanatismo.

¡Qué turbante tan hermoso...!

-          Es una fina tela de algodón: permite tapar la cara en el desierto cuando se levanta arena, y a la vez seguir viendo y respirando a su través.

Es de un azul bellísimo...

-          A los Tuareg nos llamaban los hombres azules por esto: la tela destiñe algo y nuestra piel toma tintes azulados...

¿Cómo elaboran ese intenso azul añil?

-          Con una planta llamada índigo, mezclada con otros pigmentos naturales. El azul, para los Tuareg, es el color del mundo.

¿Por qué?

-          Es el color dominante: el del cielo, el techo de nuestra casa.


¿Quiénes son los Tuareg?

-          Tuareg significa "abandonados", porque somos un viejo pueblo nómada del desierto, solitario, orgulloso: "Señores del Desierto", nos llaman. Nuestra etnia es la amazigh (bereber), y nuestro alfabeto, el tifinagh.

¿Cuántos son?

-          Unos tres millones, y la mayoría todavía nómadas. Pero la población decrece... "¡Hace falta que un pueblo desaparezca para que sepamos que existía!", denunciaba una vez un sabio: yo lucho por preservar este pueblo.

¿A qué se dedican?

-          Pastoreamos rebaños de camellos, cabras, corderos, vacas y asnos en un reino de infinito y de silencio...

¿De verdad es tan silencioso el desierto?

-          Si estás a solas en aquel silencio, oyes el latido de tu propio corazón. No hay mejor lugar para hallarse a uno mismo.

¿Qué recuerdos de su niñez en el desierto conserva con mayor nitidez?

-          Me despierto con el sol. Ahí están las cabras de mi padre. Ellas nos dan leche y carne, nosotros las llevamos a donde hay agua y hierba... Así hizo mi bisabuelo, y mi abuelo, y mi padre... Y yo. ¡No había otra cosa en el mundo más que eso, y yo era muy feliz en él! 

¿Sí? No parece muy estimulante. ..

-          Mucho. A los siete años ya te dejan alejarte del campamento, para lo que te enseñan las cosas importantes: a olisquear el aire, escuchar, aguzar la vista, orientarte por el sol y las estrellas... Y a dejarte llevar por el camello, si te pierdes: te llevará a donde hay agua.

Saber eso es valioso, sin duda...

-          Allí todo es simple y profundo. Hay muy pocas cosas, ¡y cada una tiene enorme valor!

Entonces este mundo y aquél son muy diferentes, ¿no?

-          Allí, cada pequeña cosa proporciona felicidad. Cada roce es valioso. ¡Sentimos una enorme alegría por el simple hecho de tocarnos, de estar juntos! Allí nadie sueña con llegar a ser, ¡porque cada uno ya es!

¿Qué es lo que más le chocó en su primer viaje a Europa?

-          Vi correr a la gente por el aeropuerto... ¡En el desierto sólo se corre si viene una tormenta de arena! Me asusté, claro...

Sólo iban a buscar las maletas, ja, ja...

-          Sí, era eso. También vi carteles de chicas desnudas: ¿por qué esa falta de respeto hacia la mujer?, me pregunté... Después, en el hotel Ibis, vi el primer grifo de mi vida: vi correr el agua... y sentí ganas de llorar. 


Qué abundancia, qué derroche, ¿no?

-          ¡Todos los días de mi vida habían consistido en buscar agua! Cuando veo las fuentes de adorno aquí y allá, aún sigo sintiendo dentro un dolor tan inmenso...

¿Tanto como eso?

-          Sí. A principios de los 90 hubo una gran sequía, murieron los animales, caímos enfermos... Yo tendría unos doce años, y mi madre murió... ¡Ella lo era todo para mí! Me contaba historias y me enseñó a contarlas bien. Me enseñó a ser yo mismo.

¿Qué pasó con su familia?

-          Convencí a mi padre de que me dejase ir a la escuela. Casi cada día yo caminaba quince kilómetros. Hasta que el maestro me dejó una cama para dormir, y una señora me daba de comer al pasar ante su casa.... Entendí: mi madre estaba ayudándome...

¿De dónde salió esa pasión por la escuela?

-          De que un par de años antes había pasado por el campamento el rally París-Dakar, y a una periodista se le cayó un libro de la mochila. Lo recogí y se lo di. Me lo regaló y me habló de aquel libro: El Principito. Y yo me prometí que un día sería capaz de leerlo...

Y lo logró.

-          Sí. Y así fue como logré una beca para estudiar en Francia.

¡Un Tuareg en la universidad...!

-          Ah, lo que más añoro aquí es la leche de camella... Y el fuego de leña. Y caminar descalzo sobre la arena cálida. Y las estrellas: allí las miramos cada noche, y cada estrella es distinta de otra, como es distinta cada cabra... Aquí, por la noche, miráis la tele.

Sí... ¿Qué es lo que peor le parece de aquí?

-          Tenéis de todo, pero no os basta. Os quejáis. ¡En Francia se pasan la vida quejándose! Os encadenáis de por vida a un banco, y hay ansia de poseer, frenesí, prisa... En el desierto no hay atascos, ¿y sabe por qué? ¡Porque allí nadie quiere adelantar a nadie!

Reláteme un momento de felicidad intensa en su lejano desierto.

-          Es cada día, dos horas antes de la puesta del sol: baja el calor, y el frío no ha llegado, y hombres y animales regresan lentamente al campamento y sus perfiles se recortan en un cielo rosa, azul, rojo, amarillo, verde...

Fascinante, desde luego...

-          Es un momento mágico... Entramos todos en la tienda y hervimos té. Sentados, en silencio, escuchamos el hervor... La calma nos invade a todos: los latidos del corazón se acompasan al pot-pot del hervor...

Qué paz...

-          Aquí tenéis reloj, allí tenemos tiempo.